Reseña del Libro Cruzando Fronteras por Ana Valdez.

MARCOS Sylvia. Mujeres, feminismos, abajo y a la izquierda. México; 2010. Ed: CIDECI-UNITIERRA- Chiapas.

“CRUZANDO FRONTERAS, Mujeres indígenas, feminismos, abajo y a la izquierda”  es también periplo, el propio viaje de su autora, su travesía en foros, viajes, presentaciones magistrales, notas de campo, y su diario autocrítico al que cada tanto hace ajustes. Es un paseo fresco por la crítica al feminismo. El libro se convierte  en un “desparramiento de jades” como ella misma cita, una búsqueda de tesoros en la narrativa indígena, en la teorización feminista crítica, en los discursos políticos de mujeres organizadas, en la oralidad rediviva colectiva de los pueblos colectivos indígenas y sus voceras mujeres. Sacerdotas y tlacuilos ayer; comandantas, dirigentas, intelectuales y milicianas hoy.

Es un libro en el que las personas lectoras notarán un deslinde de la autora, quien en comunión con sus colegas teóricas se distancia de la “llegada confrontativa de feministas… que reproducen relaciones de dominación” frase de Obiama Naemeka citado por la propia Silvia, y que por si faltara así de claro lo reitera  “No pienso extenderme en teorías complejas feministas. No caben aquí”. Sensible, teórica también, en cambio, revaloriza intencionalmente a intelectuales, dirigentes, y figuras del sur.

Así va Silvia Marcos en su viaje, nos detiene cuál condotiera, a mirar suavemente, que con firme crítica, por los mandatos del feminismo,  creadora teje artesanal, con ellos, sugerencia y propuesta. Para ello, trae a consideración a Shumei Shi en su “construyendo entorno a las diferencias” “en una revisión epistemológica feminista…” en asumir la carencia y la necesidad de una “teorización… de la solidaridad feminista”. Le interesa hacer notar al sujeto femenino “de porvenir”.  Otra voz con cariz femenino,  aparece  cada tanto,  De Souza Santos, nos advierte Sylvia, es marco de referencia de este análisis. Así que se apoya en la concepción de derechos que este compañero de las teorías útiles a nuestro sur y abajo,  en su reapropiación escribe “Las mujeres tenemos derecho a ser iguales cuando la diferencias nos inferioriza, y a  ser diferentes cuando la igualdad nos descaracteriza”.  A contrapelo Sylvia se apropia de la teoría de Bellhook de la posicionalidad, advirtiendo que mirar desde la perspectiva de género, clase o etnia deberá ser un lente fluido y de múltiples enfoques. Enfatiza y se posiciona cada tanto, bien cuando analiza su propio quehacer teórico, o su implicación militante en un encuentro con mujeres. Así que para ella “… el feminismo no es un auténtico feminismo, sino cuestiona las estructuras sociales, históricas y políticas…”

Nos invita a la par de bell hooks e Indrepal Grewal, a  avanzar hacia un “concepto más respetuoso de todas las posiciones de mujeres”  a construir  “Otra epistemología”, que precisa del desuso de las categorías excluyentes, mujer-unitaria.

A lo largo del libro,  lectores podrán apreciar su amor profundo y admiración por el movimiento zapatista, rescata las máximas zapatistas,  en su Ley Revolucionaria de Mujeres, en la frases célebres del ícono  vivo de Ramona, Esther y otras múltiples voces zapatistas. Pero su enorme  afecto no soslaya, en cambio la contradicción que encuentra a su paso, y como militante no la pasa por alto,  la critica suave  en su correlato valorativo. Admira su convicción en “trabajar en pura conciencia” y lo que ello enseña…Observa atenta al zapatismo ve cómo la cosmovisión se transforma en opción viable, política.

Sylvia como la Marina-niña sobreviviente nacida en el 99, recién pasaditos los golpes militares a los municipios autónomos- realiza en el libro, en términos teóricos, su propio “tengo derecho a hacer lo que Yo me guste”.  Es un libro que se disfruta, se nota el gusto que lleva implícito. No quiere perderse nada de lo que engarza la dialéctica zapatista expresada inmejorable por la Comandanta Ramona “Nunca más una rebelión sin nosotras… Pero sí podemos las mujeres trabajar con mucho cariño con los pueblos”

Ni desanimada… ni cansada “- haciendo paráfrasis de las zapatistas reunidas en Garrucha-  Sylvia claudica académica, y  lo remonta ensayando otros camino teóricos, lo va intentando bellamente, “invierte la pirámide epistémica” – como ella dice-  subvierte el orden de la forma en la que se produce conocimiento, y lo va demostrando a lo largo de su texto “los registros, las experiencias a la cabeza, y a la teoría subsidiaria de las voces prácticas”. Situándose los más próxima, compañera, en relación con las mujeres de los movimientos que acompaña.

En su capítulo dedicado a derechos humanos intenta tejer puentes desde las propias reivindicaciones de mujeres indígenas organizadas, hacer fluir la disyuntiva entre derechos colectivos de los pueblos o derechos individuales de las mujeres.   Dando pruebas  de cómo las mujeres se reapropian de esta agenda, en el seno de la contradicción la usan como herramientas que las hace acumular poder colectivo, e incluso en una interpelación al Estado.   Si bien se separa del feminismo individualizante y liberalizado, no  desecha los logros que a su paso han dejado aquéllas feministas, logros que oscilan entre el derecho a una vida libre y sin violencia, y el derecho a la salud, tierra, empleo que conjuga mujer-comunidad, mujer-colectivo. Valora como, y ya resignificados estos espacios han servido como sitio para la articulación crítica universal.

Hace notar que en el discurso de mujeres organizadas indígenas “el avance de los derechos indígenas está ligado… a la lucha por proteger, respetar y lograr el cumplimiento de nuestros pueblos como un todo”.  La autonomía, la libre determinación, el sitio, reivindicado por mujeres como el espacio necesario para resignificar las relaciones.

Me encontré con un apartado llamado “derechos culturales”, y debo decirlo, soy tremendamente crítica a esta categoría,  adelantándome temía encontrarme una reivindicación mucho más próxima al marco DESC (Derechos Económicos, Sociales y Culturales), la puerta que abre  a un reconocimiento desvinculado del sujeto histórico, los pueblos indígenas en este caso. Inevitable era ligarlo con aquéllos tiempos, el marco de la discusión sobre derechos y cultura indígenas en los Acuerdos de San Andrés, recordé como el Estado mexicano no tenía ningún problema en el reconocimiento de “lo cultural”, “la preservación” de lo cultural, puerta a la folklorización mercantilizada e incluso avanzaba en algo que llamaba “autonomía cultural”, agenda, que en aquéllos tiempos confundió a algunos de los nuestros. Pero no, Sylvia lo retoma como un puente necesario para el reconocimiento de la espiritualidad propia tan reivindicada por las mujeres indígenas, y va más allá, advierte esa espiritualidad con el marco de recreación de valores que dota de sentido a la vida material.  Tesis que comparto plenamente.  Sylvia trae algunas declaraciones indígenas,  a consideración del lector para ilustrarla  Abya Ayala,    “La espiritualidad no es un asunto de la Iglesia, de devoción personal, o de creencias individuales, es aquello que unifica e identifica a las colectividades”.   Me quedé con mucho interés por ir más allá en esta parte del análisis.  No siendo una experta en el tema de las religiones, la asociación inmediata religión-espiritualidad me cuesta trabajo, no dejo de pensar en la expropiación que las religiones hegemónicas hacen de tremendo fragmentos de conocimientos, y que ulteriormente aparecen religiosos y cultos,  pero que fueron o son conocimientos útiles a la salud, prácticas alimentarias, artísticas, conocimientos útiles a la vida cotidiana.

 Pero este libro avanza, siendo Silvia una conocedora de las religiones dedica un importante capítulo a ello,  con las herramientas de psicoanalista que lleva consigo,  se mantiene  atenta en foro o entrevista,  de los metalenguajes, de la oralidad a detalle, de los signos, símbolos y significados.  De ahí que narra como los zapatistas, mesoamericanos al fin… y principio, mantienen vivos hoy modos antiguos  cuando relata “entraban y salían … al son de dianas y cantilenas… sonidos enérgicos y triunfadores, pero también redundantes y repetitivos… el sabor de las tonadas de los rituales… chamulas,- dice-, en donde  a fuerza de escuchar repetidamente un acorde y un sonido el espíritu parece empezar a deslindarse del cuerpo” .  Encuentra en la redundancia de la oralidad indígena poesía, la poética emancipada del desalfabetizado.

Urgente era su propia emancipación teórica, cuenta y escribe, – en una entrevista para  la revista IXTUS-, como en su paso por lo estudios  de la religión y la cultura llegó hasta las curanderas,  su necesidad de dejar los relatos y análisis de mujeres víctimas, y trascender  a relacionarse con mujeres con poder. A no dudarlo se sitúo en Mesoamérica. Busca y encuentra en el clásico mesoamericano los matices y matrices, apoyado en López Austin y León Portilla, así que devana los hilos conductores,  “os elementos vivos” como que resignifiquen el pasado.  Con estas  “herencias epistémicas” entrelaza mundos en el aquí y ahora de los movimientos indígenas emblemáticos en nuestra América querida.

Repasa “la complementariedad asimétrica” suscrita por Ivan Illich, la reivindica, y a la distancia mantiene su crítica fundamental sobre aquélla, la formación clerical… del maestro, el culto a lo masculino, que terminó siendo la piedra de toque para que Illich no fuera escuchado,  en lo fundamental, por las feministas de entonces.

Deslinda la complementariedad indígena que trasciende al ser con el universo, de la judeo cristiana, que reduce y la percibe  exclusiva  hombre/mujer .

Le da un tremendo peso a la función de las mujeres en la religión, como guías, conductoras de la ritualización, de la narración reiterada. “Afirma que en manos de mujeres s, tradición, mitos, símbolos y rituales son maleables” Son las dinamizadoras de la trascendencia cultural, por lo tanto las que la permanecen.  Elige un método para analizar narraciones , lo mismo discursos políticos, que oraciones y rituales, “…cánticos, mitos y leyendas incrustadas en una filosofía propia”. Le queda claro que la oralidad de las mujeres indias no se quedará ahí fijada. El erotismo aparece en los cantares que narra, la metáfora recurrente.

Desde aquí pone en duda afirmaciones feministas hegemónicas, que no ven más allá de lo concreto, va a terreno de las fuentes primarias para encontrar las evidencias que puedan dar cuenta de ello. Así por ejemplo, busca la referencia metafórica más allá de la condena domésticas. La escoba ritual en los códices, el barrido sacerdotal. La escoba como símbolo de cargos por venir “la conducción de las ceremonias religiosas”, la encuentra vital hasta ahora en algunas curanderas.  Al margen, e  inevitable no usar mi ubicación, mi trabajo en la organización de parteras, curanderas y curanderos, en donde por ocho años me ocupé de preparar los arreos necesarios a la ceremonia, mi quehacer de ir por la juncia para limpiar el lugar… pasados años, los jiloletikes, y las nantikes me dejaban la conducción de ceremonias por momentos, puesto que era la barrendera en la ceremonia, cargo que tímida no acepté, pensándolo inmerecido, este apartado resignificó auella función mía, me reposiciona imaginariamente, y eso no es menor.

Recupera, el modo indígena, una y otra vez la divinidad de la naturaleza, tan sagrada como materialmente útil. En tantos concretos, los dioses, cercanos.

Y una osadía frente al feminismo hegemónico, en el corazón del libro avanza hasta la “sacralización de las tareas domésticas”. Dar cuenta de ello en este tiempo, es radical y antisistémico, más ahora, que en otros momentos las campesinas en sus sagrados quehaceres domésticos, rehacen el mundo, resisten en el aprovisionamiento de la soberanía alimentaria, los nutrientes favorables a los niños, nutrientes que ellas mismas cultivan en sus parcelas, en la milpa, quehaceres domésticos que tienen de suyo una economía subyacente, el oikos económico, el  germen del buen vivir.

Las curanderas merecieron un apartado. El oficio de curar, el oficio de sanar golpeado por el traumatismo colonial, sacado de los registros históricos, y golpeado por la hegemonía judeo cristiana, integrado por los sistemas de salud biomédicos sin su consentimiento. Curanderas que subsisten en el marco de  la sacralidad popular,- entre paréntesis digo que tengo una pequeña controversia con llamar religión, creo que la religión, aun “la popular”, termina por restringir el ejercicio de curar, los saberes curativos siempre son sagrados, pero no siempre religiosos. Aún la religión más progresista se tardó en este reconocimiento, hasta los noventas aquí en Chiapas la Iglesia(teología de la liberación) llamaba a esos saberes, excepto al uso de plantas,  brujería.    En definitiva, comulgo con la cita que Sylvia trae a consideración del lector, el maestro Bonfil Batalla,  la curandería  “Un terreno privilegiado en donde las etnias indígenas se atrincheraban y se manejaban a sí mismas,… un nicho de invención continua y autónoma”.

Las curanderas, el sistema de salud indígena es una prueba fehaciente de cómo salud sin territorio no va, restaurar el equilibrio en el cuerpo, supone hacerlo en su réplica simbólica que se encuentra en la tierra y el cosmos. La montaña o el altépetl. El cuerpo cósmico, la madre naturaleza es el propio cuerpo enfermo o sano, según sea el caso.

Las parteras curanderas hacen nacer el mundo, advierte, la batalla cósmica está dada, y la curandera es la animadora de esa lucha, lo nacen en el temazcalli, el corazón de la tierra, anudan, desanudan el mundo, graniceras regulan los truenos, culebreras, sopladoras, lectoras de maíz, de frijol, cantadoras, bailadoras en el petate primordial, curadoras del tzucum, o el niño con tlazol, pedagogas e iniciadoras en el erotismo,  restauradoras del vínculo perdido entre madre e hijo, geógrafas, conocedoras de plantas.

Busca, en los pasajes del  “PrimerCongreso Nacional de mujeres indígenas”, o en el Encuentro de Mujeres en Garrucha, pero también en conversaciones de cocina, y pasillo con mujeres turcas o palestinas esa trascendencia en el discurso, avista, como buscando pepitas de oro…perdón de maíz, el quehacer práctico de la conciencia feminista que fluye.   Firme y amorosa nos da pistas de lo que su corazón va sintiendo, con la convicción de que en el corazón, para las mujeres mesoamericanas, habita la memoria, y no solo el alma, y que es el sitio cognoscitivo femenino.

Pero va más allá. Las curanderas hacen salud, hacen actualmente con ello poder, y hasta gobierno, como las promotoras de salud zapatistas, o las viejas parteras en los caracoles, o como las parteras de mi amado Compitch, hoy extinto.

Pero “Feminismos indígenas, abajo y a la izquierda”  contiene, por si hiciera falta un repaso por el movimiento y la teorización feminista, desde el viejo PIEM del Colegio de México, el PUEG dela UNAM, hasta  el órgano informativo y analítico feminista más conocido, FEM. Este repaso lo intenta a modo de recordar cuán militantes eran académicos sin nombrarlo de ese modo. Y cómo ahora, muchos de estos programas cuyo gérmen fue militante hoy son ocaso y renacer del pragmatismo académico del feminismo de élites.

 

Aunque le dedica poco a su crítica  a la cooperación al desarrollo, la hago notar, dado que es asunto e interés propio.  Sitúa cómo el condicionamiento que las agencias de cooperación al desarrollo, en los asuntos de género, se convierte en un lastre que va poniendo el acento en el feminismo hegemónico, abdicante de la cultura, a su consideracion “opresiva”, los donantes soportan, sobre todo y  reducen su agenda a la conveniente liberalización de las decisiones de mujeres, disfraces presupuestales y de indicadores muy acordes a los poderes nacionales y trasncionales. Dominios que precisas de  una perspectiva de género a modo.  No abunda Sylvia en el asunto, pero, creo es una crítica, que habrá que desarrollar, lo considero de vital importancia en nuestros espacios de organización feminista, que no solo.

Sylvia nos va narrando cómo se ha articulado con los movimientos trasnacionales de mujeres, movimiento globalizado en el sentido en que Souza define como “… el procesos mediante el cual determinada condición o entidad local extiende su influencia a todo el globo, y al hacerlo, desarrolla la capacidad de designar como local otra condición social o entidad rival”. Ahí Silvia narra como se ha convertido en aliada, en el espejo del que precisan mujeres indígenas en su propio diálogo con el movimiento feminista – como lo dice Tarcila-  “ Ven [Sylvia ] para que nos ayudes a desprejuiciar este concepto de género desde nuestra visión indígena”  Así que este libro abona, y ofrece un espacio a este diálogo respetuoso.

Pero ella llega lo mismo a Estambul, que al desierto del Néguev, busca las coincidencias, las desgracias comunes, va a ver las fronteras de los avatares feministas en Gaza, en Jordania. Siempre en relación, comparte una receta de nopales, lo mismo que las más elaboradas teorías. Para el caso es lo mismo, precisa de entender y trascender lo concreto de una escoba, de una burka, de la mutilación del clítoris, endogamia, poligamia… pregunta, no para de preguntar y observar. Toma un té, se asoma del otro lado de los bantustanes. Teoriza en espacios múltiples, la cocina, la frontera, el camión. Resalta y valora los pequeños ejercicios emancipadores en contextos de crisis total, el “negociando con el patriarcado” en Irán frente a los fundamentalismos religiosos.  En aquéllas remotas tierras vuelve a hacerse las mismas preguntas “¿Cómo dejar claro que el feminismo es un movimiento para el cambio social y político, y no una agencia repetidora de las políticas internacionales impulsadas desde el Norte? “ Se pregunta frente a las Kurdas, agrupadas algunas de ellas en el Partido de los trabajadores, quiénes reivindican el neolítico como principio rector de su lucha, la comunidad, y la abolición del patriarcado, y están armadas.

No sin antes, usar al propio libro, como un sitio de contacto con aquéllos lejanos movimientos.  Están lectores ante un libro que hace un quiebre en el movimiento feminista, es una fuente inevitable para nuestras luchas, pero sobre todo reconocer en él a una creadora de nolibros, militante con nosotros.

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